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Mi báscula me odia

Cómo perder 30 kilos (de momento) y cambiar de vida. Parte 3 – El descubrimiento del pilates

24 agosto, 2017
Reto

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Después de las dos primeras partes, nos quedamos en octubre del año 2016. A finales de mes para ser exactos.

Fue un mes interesante por varias razones. Una de ellas es que comienza mi época más fértil en el trabajo. Soy autónomo así que cuanto más trabajo más gano y viceversa. El último trimestre del año siempre suele ser de mucha producción para mí.

La segunda razón a destacar es que asistí a mi primera clase de pilates. Nunca jamás en mi vida me habría imaginado que participaría en algo así. Tal vez yoga sí, de hecho había practicado algo en casa con videos de YouTube, pero pilates nunca. Lo veía, no sé, como para chicas. Nosotros los hombres de pelo en pecho levantamos piedras, corremos por los montes y atravesamos paredes. ¿Hacer pilates? Antes muerto.

Y muerto acabé. No sabes cuánto, pero lo vas a saber porque te lo voy a contar.

pilates

Pilates o cómo darte cuenta de que eres una tabla

Lo he dicho muchas veces, pero lo repito una vez más. Acudí obligado por que mi mujer insistió. Me había avisado que íbamos a un estudio pequeño, muy familiar y que se dedicaban a terapias de recuperación para gente recién operada o con problemas de movilidad, por lo que la sesión no iba a ser nada dura.

Quiero aclarar algo con el pilates. Como con casi todos los deportes, la intensidad es la clave. Hay niveles de pilates que son inalcanzables para la mayoría. Si no te lo crees mira este video e intenta hacer todos los movimientos. El título es genial, por si algún machote tiene dudas.

Dicho esto, continúo. El centro me gustó. Pequeño, acogedor, poco masificado. Con una sala nada más entrar a la derecha con capacidad para que 8 personas hagan pilates, o yoga. Un pasillo al frente con una pequeña sala de musculación al fondo para las recuperaciones. Además Eva y Antonio, los responsables de BodyFit & Salud en San Vicente del Raspeig, son majísimos. Es muy sencillo conectar con ellos enseguida.

Ese día Eva daba la clase y todo el mundo iba a estar pendiente de los nuevos, en especial de mí, el único hombre que iba a hacer pilates. Un hombre sin apenas fondo y con un historial de sedentarismo de 2 décadas. Así me había anunciado mi mujer días atrás, cuando se acercó al estudio a preguntar. Y lo peor es que no había mentido en nada.

Comenzaba la sesión y mi motivación, que ya era escasa, tocó fondo. Deseaba que aquello acabara cuanto antes. Tenía una hora por delante para trabajarme un buen argumento que presentarle a mi mujer. Necesitaba librarme de aquello como fuera. ¿Pilates yo? ¿El único tío de la clase? Eso no era para mí. ¡Sofaaa!

En esos momentos mi peso era de 108 kilos. Estaba abandonando los batidos de Herbalife porque notaba que ya no me funcionaban igual. A parte, mi bolsillo se resentía demasiado. Estaba, en cuanto a lo que la diete se refiere, en un impasse, con las navidades cerca y con poca gana de someterme a otra dieta. Le iba a dar una última oportunidad a los batidos y después de navidades ya veríamos.

pilates

Calentando motores

Pues empezó el calentamiento. Hasta ahí bien, como si nada. El calentamiento lo estaba bordando. Era verdad que no era para tanto. Cabeza para acá, cabeza para allá; girar cintura; mover la cadera… fácil. Pero lo fácil duró poco. En seguida pasamos al suelo y comenzamos a estirarnos. ¡Madre de mi vida! Nunca me podía imaginar que ponerse de lado y levantar una pierna me hiciera sudar y desear amputármela. ¿Cómo podía pesar tanto esa maldita pierna? ¡Y encima tengo dos!

Luego nos pusimos en mesa. Mis piernas temblaban sin control mientras yo aguantaba la respiración y hacía acopio de todas mis fuerzas para mantenerlas levantadas. Recuerdo que Eva, la monitora de pilates, se me acercó y con voz baja me dijo “no te preocupes. Te quitaremos ese temblor de piernas”. ¿En serio?, pensé. Yo sé cómo quitármelo. Saliendo de aquí a la carrera y volviendo a mi sofá.

Los giros, apretones, volteretas y demás movimientos se sucedieron. La clase no duró más de 40 minutos de ejercicio efectivo. El resto del tiempo hasta completar la hora fue para el calentamiento y los estiramientos. 40 minutos de puro dolor. Hoy recuerdo la ligereza de aquella clase y me hace gracia. Pero en aquellos momentos apenas podía moverme cuando terminamos.

Por fuera me reía, hacía bromas, compartía los chistes de los demás y todo era jolgorio. Por dentro me preguntaba a mí mismo cómo era posible que estuviera en un estado físico tan lamentable a mis 43 años. No pude hacer una elevación de tronco, ni más de tres elevaciones de piernas seguidas. No aguantaba cinco segundos en mesa, ni por supuesto haciendo la bicicleta. Todo era un dolor constante. Dolor que me demostraba lo hecho polvo que estaba.

gimnasio

La opinión se forma con varias experiencias

Terminé la clase desfallecido. No podía ni estirar, hasta para eso estaba agarrotado. Se sucedieron los comentarios sobre las futuras agujetas que íbamos a sufrir. Al ser ejercicios corporales que tocan todos los grupos musculares, la colección de agujetas podría llegar a ser épica.

No puedo negar que la acogida fue bestial. Nada que ver con los gimnasios tradicionales donde un tío súper musculado te saluda como si estuviéramos en la base militar de Guantánamo. Ni mucho menos. Considero que en el mundo del fitness es mucho más productivo y ventajoso para todas las partes ese ambiente cercano, donde enseguida todo el mundo se aprende el nombre de todo el mundo. El sentido de comunidad florece y tus objetivos se vuelven más alcanzables. Pero este es otro tema. Volvamos a mis agujetas.

Nos despedimos hasta el jueves. El plan original era ir martes y jueves por la tarde. Como habíamos empezado en martes, el jueves volveríamos al potro de tortura. Al menos eso pensaba yo. Recuerdo salir por la puerta y que Viole me preguntaba cómo estaba. Yo le respondí con un lacónico “bieeeen”, muy estirado. Por dentro iba analizando mis sensaciones, todas dolorosas. Había sido un ejercicio ligero y aun así apenas había podido con él. Pero me decidí a volver a intentarlo para el jueves, me encontrara como me encontrara.

Un ibuprofeno calmaría mi dolor corporal y podría volver a intentarlo. Me encendí un cigarro camino del coche y me lo fumé pensando en las increíbles ganas que tenía de pillar la cama. En aquellos entonces aun fumaba. Ignoraba que en tabaco tenía las horas contadas en mi vida, al igual que tantas otras cosas. Pero para eso aún quedaban tres meses.

Y volvimos el jueves. Y a la semana siguiente y a la otra. En mi cabeza se comenzó a fraguar una tormenta que desencadenaría en el tsunami que es mi vida hoy en día. Una de esas cosas es este blog. El resto las iremos viendo poco a poco.

Sintiendo la adherencia por primera vez

Como he comentado lo más destacable de mi primer día en pilates, dolores aparte, fue la acogida. Hay un dicho oriental muy sabio que dice lo siguiente: “cuando el alumno está preparado aparece el maestro”. A nosotros nos ocurrió eso sin duda. Llegamos al lugar correcto en el momento correcto. Y esto es, con toda seguridad, una de las cosas más complicadas que existen.

Hay personas que no necesitan que nadie las motive para hacer esta u otra actividad, para emprender o para lo que se le antoje. Esas personas no entienden resiliencias ni de bajones de ánimo porque ellos mismos son una pila de 100.000 voltios a tope de energía siempre. Ese gen es único y no está a disposición de la mayoría, por desgracia.

Esas personalidades ganadoras consiguen mucho con muy poco y suelen llegar a los lugares más privilegiados dentro de sus sectores, sean los que sean. Y no necesitan ser tiburones para ello. Esa es otra raza diferente.

Por qué digo esto. Por lo que siempre comento en mis artículos, por la adherencia. El común de los mortales necesita que se le motive. Debe ser alguien cercano, de su familia o un buen amigo. Alguien a quien respeten y en quien se puedan apoyar. Esa persona es la que te llevará al principio del camino. Te acompañará los primeros kilómetros para después dejarte en velocidad de crucero hasta tus metas. Eso se consigue en un ambiente determinado. Y yo soy de los que necesitan eso. Hoy en día no necesito ya que me motiven, mi gen se ha activado. Pero hubo un comienzo en el que sí.

He acudido a gimnasios donde me han explicado cómo y cuánto hierro levantar. Donde me han dejado a mi suerte y a los que no he querido volver. La mayoría de las veces caes en las manos equivocadas, como ese instructor de Guantánamo del que hablaba antes. En tu primer día ese tipo te va a poner a calentar 5 minutos en la elíptica, cinco en la cinta de correr y diez en la bicicleta. Después de esos 20 minutos en los que has deseado morir siete veces se va a acercar a ti con una sonrisa en los labios. Pero de esas sonrisas que asustan. Te va a mirar de arriba abajo, disfrutando de tu sudor, y relamiéndose te va a soltar la siguiente frase: “ánimo, que lo fácil ya está. Ahora viene lo bueno”.

Lo extraño es que en esos momentos no salgas corriendo y batas todos los records de Usain Bolt. Eso, amigos de los gimnasios, no es fomentar el deporte y la vida sana. Eso es acojonar a las ovejas. Y las ovejas necesitan otro trato. Cierto es que, por una evidente cuestión de costes, en los gimnasios tradicionales hay cuatro monitores para trescientos. No pongo en cuestión el modelo de negocio, que lo es. Pongo en cuestión los beneficios para el usuario. Pagar un año a un precio reducido para ir tres veces solo beneficia al dueño.

Con esto no quiero decir que no te puedas poner en forma. No soy un necio, por supuesto que funciona. Hay mucha gente a la que le va muy bien. Sobre todo a un espectro de la población de una edad determinada. Más bien joven, con pocos problemas reales de movilidad y de sedentarismo. Para una persona como yo, con mi historial, no hubiera funcionado. Y como yo hay unos cuantos.

grupo

Encontrando mi sitio

A finales de Octubre de 2016 me di cuenta que otra cosa era posible. Que existían nuevas y apasionantes opciones que poder utilizar para ponerse en forma. Que no siempre hay que pasar por las cintas de correr, como si fuéramos hámsters, de los mega centros deportivos. Que, a lo mejor, el famoso fitness para las masas no es para todo el mundo. Que algo que se vende a un determinado sector de la población, con edades comprendidas entre los 20 y los 35 años, no aplica a alguien de 55 con ataques de ciática y obesidad. Y que esa persona de 55 tiene todo el derecho del mundo a recuperar su cuerpo sin pasar por las miradas de muchos jóvenes musculados que, en algunos casos, se lo pasan muy bien a costa de esas personas. Hay mil videos en YouTube, no son 3 o 4 precisamente.

Acertar con la práctica deportiva y con el centro es la clave. Y encontrar el centro adecuado que nos de lo que necesitamos es una cuestión de ensayo y error. Ya comenté en otro artículo, (con qué deporte empezar) que hay más centros de ese estilo de los que la gente se cree y en la mayoría de ellos ofrecen la primera clase gratis. Es solo cuestión de probar.

Después llegará el sentido de comunidad, las nuevas experiencias y las ganas de más. Todo eso mientras recuperas la movilidad de tu cuerpo. Yo, por lo pronto, en aquellos entonces de lo único que disfrutaba era de una ensalada de agujetas terrible.

Pero repetí. Martes y jueves como un clavo, hasta llegar a las navidades y al año nuevo. Materia que abordaré en la siguiente entrega. De momento nos quedamos, como siempre, con esa frase para la reflexión. En esta ocasión de Max De Pree, empresario y escritor americano que acaba de fallecer a los 93 años de edad:

“No podemos convertirnos en lo que queremos ser, permaneciendo en lo que somos en la actualidad.”

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