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Mi báscula me odia

La simplicidad de las cosas. Un mini tratado sobre felicidad

3 agosto, 2017

No es nada sencillo entender lo simple (Eric Hoffer)

En ocasiones, las cosas más simples suelen ser las mejores.

Decir que menos es mas no debería ser solo el eslogan de una camiseta chula. Debería ser un mantra que nos repitiéramos día tras día, hora tras hora.

En este largo camino en busca de la felicidad que llevamos los seres humanos, pocas veces nos detenemos a reflexionar sobre de qué trata esa felicidad, si realmente es lo que necesitamos en la vida o si hemos sido creados para buscarla.

Porque no nos engañemos, la felicidad, como los móviles, es un invento del ser humano. Y si no te lo crees acompáñame un rato en este artículo. Igual cambia tu punto de vista.

Éste es un blog sobre deporte y bienestar. Descubrirás cuán relacionada está tu estado físico con tu ánimo y tu acceso a la felicidad.

Al final del artículo pongo un pequeño decálogo que te ayudará en la mejora de tu vida desde mi modesta opinión. Hay mucho jugo por en medio, pero si tienes prisa no salgas de aquí sin leerlo. Y aporta tu granito de arena para hacerlo más grande.

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rickshaw

Cómo me encuentro

Escuchando uno de los videos motivacionales de Victor Kuppers uno no puede dejar de venirse arriba, de querer ser esa bombilla que brilla con 30000 vatios. Y doy fe que así me siento durante los diez minutos posteriores al visionado.

Luego la pasión se esfuma y mi vida vuelve.

Y no dejo de preguntarme por qué demonios un rickshaw (caballo humano que tira de un carro para llevar a personas) de Calcuta, cuando termina su durísima jornada de trabajo y lleva la mísera cantidad de 100 rupias a casa (1,47€), es más feliz que yo. Y no es ninguna comparación absurda ni demagogia barata, faltaría más, sólo hay que ver el documental Happy que emite Netflix para comprenderlo.

Tal vez sea porque sus hijos pequeños le están esperando para comérselo a besos y a abrazos, o que su mujer también le espera con una sonrisa en los labios. Quizás sea por sus vecinos, que se alegran de que por fin vuelva a casa después de otra dura jornada. O puede que por tener una noche más un poco de arroz y algunas verduras para cenar. No se irá a la cama con el estómago vacío y podrá madrugar mañana para ganarse otras 100 rupias.

¿Es ese el camino de la felicidad? ¿Una vida de restricciones será la clave?

En occidente

Aquí las cosas son bien distintas. Yo pertenezco a esa privilegiada raza de padres que cuando llega a su casa su hijo de 15 años se levanta y le da un abrazo y un par de besos, a los que yo correspondo de buen grado. Al igual que hace mi mujer cuando llega a casa antes que yo. Por desgracia muchos no cuentan con ese privilegio.

En las casas, los aparatos electrónicos toman el control de la vida de los adolescentes y los no tan adolescentes, tanto por arriba como por abajo. Las muestras de afecto son cada vez más caras de ver, hasta el punto de que un abrazo entre padres a hijos a según qué edades es algo que llega a estar fuera de lugar. Ni que decir tiene esas confraternizaciones entre los que no son familia.

Cosas simples, como cenar toda la familia junta con la tele apagada, está en vías de extinción. Se termina la cena y los niños se sumergen en sus diversas pantallas mientras los padres hacen lo mismo. Unos en las habitaciones, otros en el sofá. Mismos resultados en distintas zonas de la casa. Hacemos de la soledad nuestra armadura y convertimos las redes sociales en nuestros foros de debate. Para qué quedar a tomar un café y echar unas risas mientras nos miramos a los ojos.

trofeo

La felicidad como trofeo

El mundo se ha vuelto demasiado competitivo. No da tiempo a digerir logros conseguidos cuando salen desafíos nuevos que conquistar. No llegamos a saborear lo que tenemos porque algo diferente, exótico, extraño, o en poder de un cuñado, nos hace olvidar lo que atesoramos en nuestras manos.

Cambiamos de móvil cuando el antiguo aun funciona, solo por tener uno nuevo y estrenar algo. Lo mismo nos pasa con la ropa, los coches, los portátiles, las teles planas 4k, 8k, 16k… o los mil y un gadgets que hoy se necesitan para vivir.

Y un buen día, mientras esperamos al autobús o a que nos toque en la carnicería, nos damos cuenta que tenemos de todo menos felicidad. En la época más increíble de la historia de la humanidad, cuando la gente no necesita matarse para poder comer y cuando mejor y más tiempo hemos vivido desde siempre, se ha convertido en la época en la que más tristes estamos.

Y no solo estamos tristes, sino que contagiamos esa tristeza a nuestro entorno. Usamos las redes sociales para mostrar fotos con nuestras mejores caras mientras los pies de foto reales indican otra cosa. ¿Qué está pasando? ¿Por qué notamos ese vacío en nuestro interior que nos impide disfrutar de todo lo logrado? ¿Tal vez pretendamos comprar la felicidad como si se vendiera en Amazon?

Cosas sencillas

La felicidad no sé si se vende por Amazon, pero si haces una búsqueda en su página salen 30298 resultados para esa palabra. Un negocio sí que es.

Y tampoco hay que darle tantas vueltas a las cosas. Las cosas simples, que de eso va este artículo, son las que nos llegan adentro. Los animales no se plantean tantas disyuntivas. Y si hoy, sea lunes o jueves, cuando llegues a casa del trabajo, de estudiar o de donde vengas, haces un ejercicio de sencillez y llevas a tu pareja (amigo, hermano, primo, vecino, me vale quien sea…) a tomar una caña, o un agua con gas, y os ponéis a hablar de cosas sencillas también, os aseguro que te acostarás esa noche como si te hubieras comido 1 kilo de melatonina.

Fernando Savater, el filósofo español, dijo en una ocasión que la felicidad reside en tener gustos sencillos y una mente compleja. Así debería ser. ¿O alguien se cree que la vamos a encontrar en un resort con todo incluido? La meditación, como ejercicio de relajación, ya es valioso. Como medio para mantener una mente compleja bien engrasada, ni te cuento.

Debemos reflexionar sobre todas las cosas de la vida sin anticiparnos a los problemas que aún no han aparecido.  Una gacela que vive en el Serengueti pasta junto con sus crías a unos cientos de metros de una manada de leonas que duermen la siesta. Las leonas están tranquilas, por lo tanto, la gacela también. Simple asociación de P implica Q.

Cuando las leonas dejan de bostezar y se ponen en pie las gacelas comienza a alterarse. Ya saben lo que viene. Un trote, un correteo, estampida de gacelas, leonas dando caza a una, comienza el festín y… ¿Qué hace el resto de gacelas? Vuelven a pastar como si nada hubiera ocurrido. Las leonas ya tienen lo que quieren, ¿por qué seguir corriendo?

Imagina que en vez de gacelas fueran seres humanos. ¿Nos detendríamos después de la caza o llegaríamos hasta Noruega a la carrera?

Esta genial ser previsor, pero no lo está anticiparse a los sucesos que aún no han ocurrido y que en el 90% de los casos no ocurrirán. De eso viven las aseguradoras, ¡y a cuerpo de rey!

felicidad

Quitarnos la venda de los ojos

Esos pequeños placeres, como una caña en una terraza o un paseo en otoño al atardecer, no se deben quedar para los anuncios. Debemos vivirlos. Hay un millón de cosas que se pueden hacer sin apenas gastar dinero, como redescubrir la ciudad en la que vives. Y si vives en un pueblo pequeño, descubrir el pueblo de al lado. Y si el pueblo de al lado está muy lejos, redescubrir el enorme bosque que rodea a tu diminuto pueblo. Y si… bueno ya, que creo que nos entendemos.

Hace un tiempo y gracias a un juego para móviles llamado Ingress, similar al Pokemon Go pero anterior en el tiempo, me di cuenta de la cantidad de cosas que aún no había visto de mi pueblo, San Vicente del Raspeig. En mis largos paseos descubriendo portales de energía, me topé con monumentos, mini plazas, pequeñas arboledas, grafitis muy currados, edificios pintorescos y hasta nuevos locales donde poder tomar esas cervezas de las que hablo.

Hoy en día, con mis caminatas deportivas y mis salidas a correr, estoy ampliando el radio de acción y no dejo de sorprenderme en cada salida. Hay mucho que ver y mucho que disfrutar sin tener que abrir la cartera. Y si lo haces en buena compañía, tanto mejor.

Y puestos  a ser malotes, la cantidad de fotos y videos que salen de ahí para subir a tu Instagram o al Facebook te convertirán en la envidia de tu entorno, pero sin postureos. Y deberás de animar a todo aquel que comente una foto o te mande un me gusta para que comparta tus nuevas aficiones. Muchos dirán que sí y pocos lo harán. Por desgracia normalizamos malos estados de ánimo como si eso fuera lo que nos toca vivir sin remedio.

La vida es demasiado corta. Un tercio de ella nos la pasamos durmiendo. Otro tercio trabajando y del tercio que nos queda, nos dedicamos a hacer planes para algún día ser felices. Mientras tanto, la vida sigue pasando.

felicidad

Nuestro cuerpo, nuestro templo

No podemos buscar la felicidad si no cultivamos nuestro cuerpo. No podemos decir que amamos a nuestra mujer y después ponerle nuestro cuerpo obeso encima de ella para hacerle el amor, o lo que sea. Y lo mismo al revés. No está bien para tu pareja y menos para ti.

Una de las grandes satisfacciones de la vida es la comida. Las grandes celebraciones como bodas, cumpleaños y demás giran alrededor de la buena mesa y es algo maravilloso. Grandes bandejas llenas de suculentos manjares acompañados de vinos y cervezas que nunca se acaban. Qué más se puede pedir. Pues un antiácido, por ejemplo.

De grandes cenas están las tumbas llenas, dice el refrán. Y el veneno está en la dosis, dice el otro refrán. Y puedo seguir así hasta el final del artículo, saltando de refrán en refrán. Por supuesto que hay que disfrutar en una celebración, pues sólo faltaba. Como ya he dicho, la vida es muy corta. Pero tienes que disfrutar al día siguiente de esa sesión extra de ejercicio para poner a ralla el exceso cometido. Por suerte, grandes celebraciones no tenemos todas las semanas, por lo que se puede llegar a controlar muy bien. Y si de cada encuentro con amigos o amistades creas una gran celebración, deberías pensar un poco en tu cuerpo. Tus órganos internos no se merecen que les des tanta tralla. Te lo echarán en cara tarde o temprano, a todo el mundo le pasa.

Cómo se puede ser feliz con un sobrepeso exagerado, o con unas piernas tan débiles que nos cuesta andar diez pasos seguidos. No vale ese autoengaño de que la edad nos estropea y es lo que hay, porque es mentira. La edad nos estropea a partir de muchos años. Repito, a partir de muchos años. ¿Con 40, 50 o 60? Hoy en día aún se puede hacer mucho. Ya he hablado en otras ocasiones de que el cuerpo libera dopamina cuando nos ejercitamos, aparte de endorfinas y otras sustancias que nos dan un subidón tremendo. ¿Por qué pasamos de ellas?

Amo la cerveza como el que más, ¿pero realmente necesito beberme una caja para estar feliz? No lo creo, aunque lo haya hecho en el pasado. Nunca he recogido nada buenos de ese árbol los días posteriores. ¿Y necesito repetir cuatro veces cordero asado para estar satisfecho? Pues tampoco lo creo.

Taponando nuestras carencias

Un roto tapa un descosido. Cómo estoy con los refranes últimamente. Pero no me falta razón. En mi caso, que siempre he de nombrarme a mi primero para no acusar a nadie, sé que ha sido así siempre. Comer y beber tapa muchas carencias. Emborrona malas vivencias y saca de nosotros ese monstruo parlanchín al que nada le importa demasiado.

El alcohol, además, te otorga ese salvoconducto que te permite decir casi lo que te dé la gana. Al fin y al cabo, estoy como una cuba. ¿Cómo me vas a tener en cuenta que le tire los tejos a tu mujer?

Tanto uno como otro enmascaran problemas subyacentes que nos alejan del estado de felicidad que tanto añoramos. Durante el tiempo que dura el alcohol en sangre o la comida en nuestras mandíbulas la vida parece más llevadera. Pero el pico más alto de euforia se alcanza pronto y el descenso a los abismos nos lleva un peldaño más abajo de donde estábamos antes de empezar. Un paso para adelante y dos para atrás.

No es que un cuerpo diez nos de la felicidad, ni mucho menos, pero por lo menos no es un problema más del que preocuparse. Por no nombrar la seguridad en uno mismo que otorga, lo bien que los demás te ven y lo que eso sube la autoestima, que ya solo por eso merece la pena. Si al resto de nuestras pequeñas miserias le añadimos una mala forma física causada por mucho alcohol y comidas copiosas, la pendiente se va pronunciando cada vez más.

alcohol

El sentido de la vida

Sería muy pretencioso por mi parte querer dar respuesta a esa pregunta. Cientos de eminencias, a lo largo de nuestra historia, han dedicado su vida entera a esa búsqueda. Bibliografía hay para aburrir. Yo solo aportaré alguna reflexión que yo mismo me hago.

Somos hijos del hambre, como dice Stephen Oppenheimer en su libro “Los Senderos del Edén”. Esto significa que hemos crecido como especie a lo largo de miles de años de vivir en la escasez. La ausencia de recursos era nuestro mantra. Cuando el ser humano necesita cazar para sobrevivir, las prioridades se simplifican de una manera bestial. No hay tiempo para pensar en otra cosa que no sea la comida.

En los habituales programas de supervivencia que se emiten en los últimos tiempos se habla siempre de los cuatro objetivos básicos para mantenerse con vida. A saber, agua, comida, fuego y un refugio. No necesariamente en ese orden, salvo por el agua. Podemos estar semanas sin comer, pero escasos tres días aguantamos sin beber.

Por tanto, mi reflexión es la siguiente. Si un ser humano cubre las necesidades alimenticias e hídricas suyas y las de su tribu, y le procura fuego y refugio, ¿qué ocurre después? Pues que a nivel evolutivo dejamos de tener sentido, por lo que comienza una búsqueda para llenar ese exceso de tiempo libre. Necesitamos ocupar nuestra mente como sea.

Simplificado al extremo, este es el origen del ser humano como sociedad allá por los albores del neolítico. Gracias a ese tiempo extra que nos dio la agricultura y la ganadería, nos aventuramos a construir ciudades, componer canciones, crear arte, fomentar la filosofía y la ciencia y comernos la cabeza con el sentido de la vida.

Para el resto de las especies de la tierra el sentido de la vida se ciñe a nacer crecer y multiplicarse. Una vez cubierto el objetivo de asegurar la especie, el individuo está de más y muere. Pasa con toda la biomasa de la tierra menos con el hombre y sus mascotas.

Tal vez por esto, el rickshaw de Calcuta sea más feliz que yo. Él no aspira, ni necesita, pensar para qué ha venido a este mundo más allá de aprovisionar a los suyos y estar en paz con sus dioses. Vive en armonía dentro de su comunidad y no va por los rincones debatiendo sobre el sexo de los ángeles.

Si no tienes tiempo para pensar no lo harás y te centrarás en el objetivo.

fuego
Metodo de arco para hacer fuego

¿Necesitamos la felicidad?

Puede que es lo que se nos haya vendido. Puede que mientras buscamos esa felicidad nos olvidemos de otras cosas. ¿Pan y circo? Algo de eso hay.

Hasta la revolución industrial pocos se planteaban estos conceptos. Desde entonces se nos insta a las masas a buscarlo. Hasta la carta de derechos fundamentales de Estados Unidos habla de la búsqueda de la felicidad.

Va en contra de una vida sencilla el planteamiento de una eterna búsqueda. Se convierte en obsesión y derrocha demasiados recursos. Y al igual que nos bombardean con anuncios de comida chatarra, nos agobian con la necesidad de estar siempre felices. Es decisión nuestra comernos la comida chatarra con independencia de la cantidad de McDonalds que se abran cada día. También es cosa nuestra decidir si debemos estar igual de felices que esas personas que han viajado al resort con todo incluido.

En el artículo sobre la resiliencia reivindiqué el derecho a estar tristes de vez en cuando. Ahora reivindico el derecho a no buscar la felicidad a todas horas, porque nos vuelve infelices. De la misma forma que buscar comida da hambre.

Decálogo para una vida más feliz

felicidadY a pesar de todo lo que he escrito, terminaré el artículo con diez cosas (o tips, que ahora está muy de moda utilizar esa palabra) que se pueden hacer para mejorar nuestro estado de ánimo.

Nada es excluyente en una lista así, por lo que nunca fue más necesario hacer comentarios para ampliarla. Una mente colectiva es capaz de destilar muchas más ideas que un individuo.

Y ahora, vamos allá:

10 cosas que harán nuestra existencia más feliz

1 – Simplificar nuestras vidas

2 – Hacer deporte

3 – Quedar con los amigos

4 – Debatir de cualquier cosa sin enfadarse y escuchando lo que el otro tenga que decir

5 – Apaga el móvil un rato cada día

6 – Sorprenderse a diario con lo que sea

7 – Disfrutar con las pequeñas cosas, que a veces no son tan pequeñas

9 –Improvisar, saltarse las normas de vez en cuando. Sorprende a tu pareja con algo distinto

10 – Vive tu vida, no la de los demás

Habrá miles de razones más, pero ahí van esas. Se aceptan nuevas aportaciones para que el decálogo se convierta en “ciencálogo” o “milcálogo”. Comparte este artículo para que así sea. Nos haremos todos un gran favor.

Y no olvidemos lo que dijo el gran John Lennon: la vida es eso que te pasa mientras haces otros planes.

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