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Esparta, ciudad de vacaciones. Historia de las dietas y la obesidad (3)

“Elige una vida mejor y la costumbre te la hará agradable”

Pitágoras dixit.

Esta frase está atribuida a Pitágoras según Plutarco. Y aunque nadie tenía claro quién decía qué hace más de dos mil años, sí que sabían que nuestros hábitos y costumbres condicionan nuestra existencia. En el post de hoy, los textos clásicos van a ayudarnos a avanzar en nuestro repaso a los hábitos alimenticios de la humanidad.

¿Era un asunto de estado la comida en la antigüedad? ¿Se ponían a dieta los participantes de las antiguas olimpiadas? ¿Los espartanos tenían una dieta espartana? Y si era así, ¿cómo de espartana era? ¿Podríamos seguirla en nuestros días?

En este nuevo capítulo del monográfico sobre la “Historia de las dietas y de la obesidad” llegamos a zonas más reconocibles, después de repasar cómo nos alimentábamos en la prehistoria y averiguar qué tipos de frutas comíamos en el neolítico hace unas semanas.

En esta entrega vamos a montarnos en el DeLorean y volar hasta la época de los grandes clásicos Descubriremos algunas de las referencias que dejaron escritas sobre los hábitos de nuestros antepasados. Así que, prepárate para atravesar un pliegue espacio temporal, porque Mi Báscula Me Odia  viaja de nuevo al pasado.

 Las creencias, las primeras civilizaciones y la comida

La historia de nuestra alimentación es la historia de nuestras ofrendas a los dioses o a cualquier ser sobrenatural que fura susceptible de ser venerado.

Se pierde en la senda del tiempo la primera vez que un ser humano le ofreció un alimento a algún ser divino. Ocurriera en las cavernas, justo antes de la caza del día siguiente o en las ceremonias actuales, da igual la facción religiosa, el hombre ha tenido siempre la necesidad de compartir su alimento con un ser superior en busca de su favor.

Hernán Cortes le escribió a Carlos V, a propósito de los ritos mayas, para contarle que con “unos navajones de pedernal aserraban los pechos y les sacaban los corazones bullendo y se los ofrecían a sus ídolos”. Cuanto más grande, barroca y sangrienta era la ofrenda, tanto mejor. Los dioses no se saciaban únicamente de comida. Les encantaba el gore, cuanto más de serie B mucho mejor. La casquería fina abre el apetito, así que después tocaba disfrutar de las viandas mientras el hambriento pueblo contemplaba impotente.

Esa tradición -la culinaria, no la criminal- que en occidente se prorroga hasta nuestros días en forma de cumpleaños, distintas fiestas más o menos paganas y, por supuesto, las navidades, es una constante en todo el mundo. De los ritos originales nos queda poco. De las grandes cenas nos quedan las sobras para el día siguiente, y las tumbas llenas.

Hoy en día las ofrendas son algo menos sangrientas que en el pasado. Menos mal…

 Todo por los dioses

Este viaje no se entiende sin la necesidad que tenemos de compartir en comunidad con los demás. Dionisio de Halicarnaso le alaba el gusto a Rómulo -el fundador de Roma- por celebrar banquetes sociales frugales en honor a los dioses, sin volverse locos con los sacrificios y ahorrando lujo en las ofrendas. “Me agradó mucho de estos hombres que permanecieran en sus costumbres ancestrales sin apartarse de sus antiguos ritos para sustituirlos por una magnificencia jactanciosa”, escribía Dionisio con satisfacción.

Este orgullo se basaba en unas ofrendas muy simples. Porque eso de ofrecer mil carneros a los dioses será cosa de los arrogantes sátrapas venideros, tales como los peores emperadores romanos, que intentaban tapar sus carencias con sacrificios masivos y juegos infinitos. Desperdiciar comida no es algo atribuible solo a nuestro tiempo. Por supuesto, desconocía las futuras delicatesen mayas.

Estas ofendas eran muy básicas. Según Dionisio se componían de panes de cebada, galletas de sacrificio, semillas de espelta, algunas frutas y cosas semejantes. Las bebidas se ofrecían en vasos de madera. Nada de oro y plata. Ante todo, moderación, que nunca es un mal consejo.

Estas tradiciones, perpetuadas durante los primeros reinados de Roma, se prolongaron durante siglos. Esta frugalidad no quita que sacrificaran lo que les viniera en gana de todas maneras, fuera ganado o esclavos. Las normas están muy bien, pero cuando se tiene dioses que nunca se sacian, es complicado ser moderado.

 Banquetes para los mortales

Dejemos el gore aparcado y hablemos de la buena mesa. Que en esto tenemos oficio desde hace mucho.

Hace unos 12.000 años, en una cueva situada en la baja Galilea (Israel), un grupo celebró un fastuoso festín conmemorando el fallecimiento de uno de los suyos. Se sacrificaron decenas de uros (el antepasado de los bueyes) y multitud de tortugas. Acompañaron el banquete con frutos del mar tales como almejas y otros tipos de bivalvos.

Utilizaron los caparazones de las tortugas tanto para preparar la comida como para adornar la tumba del finado. Todo un despliegue digno de un rey en los albores de la humanidad. Se continuaba con los sacrificios, pero como los elegidos eran los pobres animales, pues todo es más digerible.

Hay que ser muy espartano para querer ser espartano Clic para tuitear

Hacia el 6.000 a. de C. en Mesopotamia realizaban ofrendas increíbles a los dioses Dumuzi e Inanna para que las cosechas fueran prósperas. Junto a la música de arpa las carnes asadas, pescados y frutas eran regadas con cientos de litros de vino y cerveza. Cuanto más abundantes eran estos banquetes, mayor favor se recibiría de los dioses.

En Egipto, los faraones -que eran dioses reencarnados- disfrutaban de los grandes banquetes junto a su séquito, mientras el pueblo comía cereales, galletas, pan y con suerte, cerveza. Apaleaban a los cocodrilos antes de matarlos para que su carne se ablandara y se pudiera soltar la piel con facilidad. Mas o menos como aun se hace hoy con los pulpos, aunque sea más “humano” congelar al bicho y después asustarlo escaldándolo con agua hirviendo cuando está bien muerto.

Lo que sí es cierto es que se mataban dos pájaros de un tiro: por un lado, se mejoraban las cualidades culinarias y por otro se aprendían técnicas de desuelle y tortura muy aplicables a nuestros congéneres. ¡Hablarás! Vaya que si hablarás…

Tal vez esta no la era la idea de un banquete que pudieran tener en la antigüedad. ¿Qué cara pondría un egipcio de hace 3000 años si viera esto?

 Las modernizaciones griegas y romanas

Ya en la antigua Grecia, los banquetes se comenzaron a institucionalizar. Se crearon los primeros protocolos y se decidió cómo debían distribuirse los invitados alrededor de una mesa. El padre de familia comía tumbado en el triclinio para demostrar su superioridad hacia el resto de su clan. El resto se colocaba en sillas, en el suelo o de pie alrededor.

Según Plutarco esta costumbre, que heredarían los romanos, se debe al faraón egipcio Minis, de la primera dinastía, allá por el año 3.000 a. de C. Sus dos grandes aportaciones fue ésta y la fundación de la ciudad de Menfis. Así que, cada vez que veáis a alguien comer tumbado en el sofá, recuerda a este faraón, para maldecirlo o alabarlo. Eso lo dejo a tu discreción.

También puedes acordarte de él si visitas Menfis, la de Egipto, no la ciudad natal de Elvis.

Los griegos no usaban cubiertos, salvo para cocinar, ni servilletas ni manteles. En cambio, preparaban una pasta a modo de torta que utilizaban como cuchara y que algunos se comían después. Los proto cubiertos, ante todo, prácticos y deliciosos.

En esta época nos encontramos con una mesa muy parecida a la de nuestros tiempos. Olvida las fuentes llenas de cerdos asados y vacas a la brasa abiertas en canal. Los griegos preparaban ensaladas variadas, pescados, mariscos y verduras. También había pan en cestas que se pasaban de mano en mano. Bebían agua, vino aguado y acababan la comida con fruta y postres más elaborados.

Como se ve, pocas diferencias con la época actual, si obviamos la presencia de platos preparados y ultra procesados de hoy en día, claro está. Yo disfrutaría en un banquete griego de esta época.

Los griegos pensaban que donde se ponga una buena ensalada… griega

 Y en Roma…

Y con los romanos llegó el escándalo. De ellos se dice que no inventaron nada. Que eran grandes ingenieros, pero malos arquitectos. Que, al igual que Japón y China en nuestros días, copiaban y mejoraban los avances de los demás. Y era muy cierto. Lo cual no le resta mérito a lo que consiguieron.

Las famosas imágenes que conservamos en nuestras memorias, con varios romanos tumbados, dispuestos de forma cuadrangular alrededor de una mesa repleta, es atribuible a las cenas. Y no a todas. Solo a ocasiones especiales. El resto de las ingestas se hacían sentados o, incluso, de pie.

¿Y qué comían? Pues en las mesas abundaban las aceitunas en salmuera, el pescado y sus derivados, mucha fruta, tanto fresca como seca, y vino aguado mezclado con miel y especias. Y si eras pudiente, lo aderezabas todo con el afrodisiaco y famoso garum. La salsa de pescado fermentada más famosa de la antigüedad.

Como se ve, la carne no abundaba. Se la consideraba pesada y nociva para el estómago. Incluso se legislaba para controlar su consumo. Otro alimento muy consumido, que ha llegado hasta nuestros días, son las gachas. Era una manera magnífica de llenar la barriga con pocos recursos.

El también famoso puls romano evitó que este gran imperio muriera de hambre. Se hacía con diversos granos como espelta, cebada, mijo y, mas tarde, con trigo. Se ponía a hervir agua o leche, se le añadían los granos de cereales hechos harina hasta que espesaba. Mas tarde, en las casas pobres, el puls se sofisticó al añadirle lentejas, garbanzo o trozos de queso. Cualquier cosa valía para llenar el plato y que pudieran comer más personas.

Hoy en día lo asemejaríamos al puré de patata que se usa en las guarniciones de los platos.

Es en estas épocas, cuando surgen las primeras obesidades en masa, se empieza a tener claro que la moderación en la comida debe ser un hecho. Los atletas de las olimpiadas eran un ejemplo de ello, al igual que el idela de belleza romano. Volviendo a Plutarco, en su libro “Obras Morales y de Costumbres, volumen 1 reflexiona al respecto diciendo que “hay comidas que, al igual que las adulaciones, no son útiles ni a la sangre, ni a los pulmones, ni añaden fuerza a los nervios o a los tuétanos, sino que alteran las partes vergonzosas, hinchan el vientre y hacen la carne enferma y podrida”.

Esto nos lleva al siguiente punto. A esa ciudad estado y a sus gentes que tan de moda está en los últimos tiempos. Se dice que poseía a los soldados más fieros, que su ciudad no necesitaba muros puesto que sus ciudadanos eran los muros y que, en ningún otro sitio, salvo allí, podían nacer.

Estoy hablando, claro está, de Esparta.

No lo veo yo esto en Esparta. No se…

 Esparta. Ciudad de vacaciones

Cuando alguien piensa hoy en día en Esparta, piensa en Leónidas y sus 300 soldados con los abdominales perfectos. Piensa en guerreros fieros y en toda una épica que nuestra modernidad le ha dado. Cierto era que los espartiatas fueron únicos en el arte de la guerra, pero había que ser muy espartano para querer ser espartano.

La película del 2006 de Zack Snyder es muy fiel al comic de Fran Miller, no a la historia. Se basa en los hechos ocurridos en la batalla de las Termópilas pero roza la superficie de lo real. Mezcla hechos auténticos con la más pura fantasía al servicio de una historia gráfica y, después, a Hollywood. Con las increíbles armaduras hoplitas que tenían a quién, en su sano juicio, se le ocurriría ir a la guerra en calzoncillos.

No quiero entrar en los hechos históricos más allá de lo relacionado con la comida y los hábitos alimenticios espartiatas. Se ha hablado en abundancia de esto en multitud de foros. Una búsqueda por internet revelará que era cierto lo de la selección de los recién nacidos. Que a los 7 años se les separaba de la madre para comenzar su adiestramiento. Que tenían que robar y matar si querían comer y que no se toleraba la rendición ni el abandono, penados con el destierro o la muerte. También era cierto que tenían a toda una raza, los ilotas, esclavizada para el servicio de la ciudad.

Salvando la épica y la nostalgia, a la par que las rutinas deportivas y gimnasios que evocan su grandeza, Esparta, de existir hoy en día, se parecería más al régimen de Kim Jong Un en Corea del Norte que de esa sociedad de fornidos atletas con six packs perfectos.

 La dieta de los niños en Esparta

Los Espartanos, contemporáneos de Hipócrates, el padre de la medicina, debieron hacer oídos sordos a sus afirmaciones. Éste sugería que las dietas llevadas al extremo son molestas. Tanto para los enfermos como para los sanos. Que los deportistas necesitaban descansos correctos para su recuperación. Lo que llamaba “buenas disposiciones llevadas al extremo”.

Pues cierto era que no le hacían ni caso. Como antes había adelantado, los niños en Esparta no tenían la comida garantizada. Se les animaba a robarla y eran severamente castigados si se les pillaba. Y si no comían y por ello su físico se deterioraba, pues también se les castigaba con dureza. Recuerdo que estamos hablando de niños de 10-12 años.

Cuando conseguían comida, esta consistía en cereales, queso y vino. Poco más. Se esperaba de ellos que fueran sodados de por vida, que su físico no empeorara y que no engordaran, cosa chistosa esta última con esos ágapes. La obesidad era motivo de burla y de expulsión de la ciudad. Si eran capaces de arrojar a un recién nacido desde un acantilado por no ser perfecto, imagina lo que le harían a un conciudadano que comiera de más.

No digo yo que el caldo negro no sea una bomba proteica, pero casi que me quedo con una crema de guisantes

 Las Sisitias. Los banquetes espartanos

Diariamente, coincidiendo con la caída del día, los espartanos se juntaban para comer y hablar de cosas de espartanos. Analizaban cómo había sido el entrenamiento del día: duro o infernal; hablaban con desdén de los atenienses, cretenses y de ese maldito rey Jerjes que venía por el mar a probar el sabor de las espadas espartanas.

Y entre tanto mirarse el ombligo, miraban a la mesa y comían. Lo más común era que tuvieran a su disposición pan de cebada, queso, higos y vino tanto como quisieran. Aguardaba el plato principal: el caldo negro, del que hablaré enseguida.

Esta costumbre de cenar en comunidad era obligatoria, tanto su asistencia como su financiación. En Creta también se practicaba las sistias, pero el estado las financiaba. En Esparta, todo espartiata que se precie debía aportar una asignación mensual a la cena grupal. De lo contrario ibas al agujero de una patada en el pecho. ¡Por Esparta!

Solo participaban hombres de más de 20 años. Los niños, como ya he mencionado, debían buscarse la vida y a esas horas se recogían en sus camas hechas de palos que se les clavaban en la piel, todos juntos como una manada, a la que llamaban de forma eufemística “rebaño”.

Y después de los aperitivos llegaba el magnífico plato principal: el famoso caldo negro espartano.

 El caldo negro. La cumbre culinaria espartiata

Un dignatario extranjero, en una visita a Esparta, comentó tras probar el caldo negro: “Ahora entiendo por qué los espartanos no le temen a la muerte”.

Pienso que la historia de las grandes civilizaciones es la historia de sus usos y costumbres. Lo que hizo grande a los romanos fue su pax romana, su modo de vida. Sus usos y costumbres exportables con facilidad y asumidos por los territorios conquistados por que resultaban atractivos.

Hoy en día ocurre algo parecido con la americanización del mundo. Queremos hamburguesas, pollo frito y perritos calientes porque están ricos y son fáciles de preparar, aunque tengan un lado oscuro. No nos los imponen porque, en el fondo, los deseamos. Y lo que se desea no necesita ser impuesto. Cualquier imperio que consiga hacer sus usos y costumbres atractivos tiene más de media conquista ganada. Los romanos lo sabían y los yanquis lo tienen muy claro.

Los espartanos tenían un plato estrella compuesto por los siguientes ingredientes:

 Carne de cerdo

 Sangre de cerdo

 Vino tinto

 Vinagre

 Agua

 Sal

Todo lo que el cuerpo puede necesitar si te extirpas las papilas gustativas.

Se dice que su hedor era insoportable, solo a la altura de su sabor. Los espartanos lo amaban, era su seña de identidad. No ha llegado ninguna receta hasta nuestros días, pero no creo que sea necesaria. A mi me encanta la cocina y no tengo que darle deamasiadas vueltas para imaginarme la preparación de este guiso. Y, por supuesto, cualquiera se puede hacer una idea del sabor de esta “deliciosa” receta.

Pero por encima de cualquier gusto culinario debemos pensar cuál era la razón de existir del pueblo espartano: la guerra. Su objetivo era crear a los mejores soldados posibles, y esta dieta con una cantidad de hierro tan grande, ayudaba a ello y mucho.

Hay que ser muy espartano para querer ser espartano

 Consideraciones sobre la dieta espartana

La base de su alimentación era la que se a expuesto, pero había más. Al pan de centeno, los higos y el vino le acompañaban, de forma más ocasional, otras viandas. Hay que entender que se dependía de las cosechas y de la estacionalidad, por lo que era complicado mantener una uniformidad en el menú.

La dieta estaba basada en la carne, no como la de las demás ciudades estado griegas como Atenas, más interesadas en los frutos del mar. La proteína animal era la reina de los platos. Y siempre que la naturaleza lo permitía, se añadían nueces, almendras y castañas. Todo tipo de frutas secas y frescas, como manzanas, peras y uvas. También disponían de huevos, leche, mantequilla y aceite de oliva.

¿No se huele por aquí un tufillo a dieta paleo?

Lo que no encontraremos serán alegrías organolépticas en forma de pasteles y grandes elaboraciones, aunque alguno se diera un capricho a escondidas alguna vez. Por mucho que fueran espartanos, no dejaban de ser seres humanos. Había un objetivo en la vida, y no se aceptaba el fracaso.

Hoy en día, cualquiera que busca ese objetivo en sus entrenamientos, debe someterse a una dieta estricta si quiere ver los resultados. Como es obvio, hoy nadie se juega la vida a no ser que el sobrepeso que se padezca sea tremendo. En Esparta no había opciones, por tanto, nadie pensaba en alternativas.

Los alimentos eran frescos, de las granjas de los espartiatas, cultivadas por la mano de obra ilota, recogidos el mismo día de su consumo. Los animales sacrificados también el mismo día. Todo natural, todo local. El sueño húmedo de cualquier amante de la vida sana.

No era de extrañar que su genética, mejorada por un lado a base de eugenesia al sacrificar a los hijos con taras, y por otro lado con una dieta rica en proteínas, grasa saludables e hidratos de carbono complejos, dotaran a este pueblo de unas capacidades físicas aumentadas. La obsesión por el ejercicio completó la creación del soldado definitivo. Aunque el modelo creado fuera insostenible a largo plazo.

Por tanto, desde los sacrificios de los mayas arrancado corazones latientes de los pobres e incautos sacrificados, pasando por los uros asados y los guisos de tortuga de las cuevas de Galilea, sin olvidarnos de las ensaladas griegas y de los festines romanos aderezados de garum; o de la conciencia adquirida sobre la moderación en la comida de Plutarco, hasta la selección natural de los niños espartanos y su infame caldo negro, llegamos al final de esta etapa clásica de nuestro recorrido.

Nos quedan por delante apasionantes capítulos con personajes que nos mostrarán qué comían los grandes atletas de las olimpiadas antiguas, o quienes fueron los grandes glotones del renacimiento. Pero todo ello llegará más adelante.

Hasta aquí esta tercera entrega del monográfico “Historia de las Dietas y la Obesidad”.

Puedes seguir la serie al completo visitando los artículos anteriores en estos enlaces:

 

Bibliografía

Para la elaboración de este artículo, se han consultado, a parte de las referencias citadas en el artículo, wikipedias y otras hierbas, los siguientes textos de la Biblioteca Clásica Gredos:

  • “Historia de la Antigua Roma. Libro I” – Dionisio de Halicarnaso. Pag. 114
  • “Historia. Libro V-VI” – Herodoto. Pag 104 y siguientes
  • “Obras Morales y de Costumbres. Libro I” – Plutarco. Pag. 142
  • “Obras Morales y de Costumbres. Libro II” – Plutarco. Pag 78
  • “Isis y Osiris” – Plutarco. Pag. 72
  • “Tratados Hipocráticos I” – Hiprócates. Pag 154

 

Resumen
Esparta, ciudad de vacaciones. Historia de las dietas y la obesidad (3)
Nombre del Artículo
Esparta, ciudad de vacaciones. Historia de las dietas y la obesidad (3)
Descripción
Pues cierto era que no le hacían ni caso. Como antes había adelantado, los niños en Esparta no tenían la comida garantizada. Se les animaba a robarla y eran severamente castigados si se les pillaba. Y si no comían y por ello su físico se deterioraba, pues también se les castigaba con dureza. Recuerdo que estamos hablando de niños de 10-12 años. Cuando conseguían comida, esta consistía en cereales, queso y vino. Poco más
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