Saltar al contenido

Historia de las dietas y la obesidad (Capítulo 1). El paleolítico

historia de las dietas y la obesidad

Traigo noticias frescas al blog: la obesidad no es un problema moderno 

Desde que existe la abundancia existe la obesidad. No todos los periodos de nuestra historia se han caracterizado por la sobreabundancia de la que gozamos hoy en día, pero sí que ha habido porciones de población que siempre han tenido acceso a excedentes alimentarios a lo largo de la historia.

Desde los babilonios a la antigua Grecia; del imperio romano a la edad media y desde el renacimiento hasta los tiempos modernos, siempre que hemos podido repetir postre lo hemos hecho, y con doble de sirope, por favor.

Tenía en tareas pendientes hacer una pequeña cronología (vale, igual no tan pequeña) desde los albores de la civilización hasta la actualidad. Casi siempre que hablamos de dietas y de sobrepeso nos referimos a lo que estamos viviendo ahora mismo, pero ¿cómo se las apañaba un galo fondón para huir de las huestes de Julio Cesar en el sitio de Alesia? ¿O cómo lo hacían los monjes del renacimiento para caber con sus horondos culos en las carretas? Tal vez nunca te has hecho este tipo de preguntas.

No te preocupes, que como yo sí me las hago aquí te voy a traer las respuestas, aunque no me las hayas pedido. No en vano vivimos en la época del híper-solucionismo extremo, donde se buscan soluciones a problemas que ni siquiera te habías imaginado que tienes.

Por tanto vamos a iniciar un periplo de miles de años dando vueltas a las panchas más prominentes de ayer y de hoy. Descubriremos juntos qué consideraban una dieta saludable durante la revolución industrial, o que se tomaba un deportista griego para estar a tope en las olimpiadas de hace 25 siglos.

Como te podrás imaginar, este va a ser un artículo largo y tendrá varias entregas. Hay muchos viajes en el tiempo que hacer.

Así que, si gustas, súbete al DeLorean y activa el condensador de Fluzo, que nos marchamos muy muy lejos. Concretamente a hace 25.000 años.

 Las lorzas en el Paleolítico

Toda historia tiene una precuela y la nuestra lo forma una porción inmensamente grande de tiempo llamada prehistoria.

Esta abarca desde que los homínidos se expandieron por la tierra, allá por la época de Lucy y compañía, hace más de 4 millones de años (millón de años arriba o abajo), hasta los primeros asentamientos más o menos civilizados.

Sobre las costumbres y usos de los diferentes eslabones mucho se ha especulado. Lucy fue una australopithecus, y aunque hubo un par de evoluciones anteriores (llamadas procónsul y plioplithecus), pasaré de puntillas sobre ellas y sobre las posteriores (homo habilis y homo erectus) hasta llegar a los Neandertales y al Homo Sapiens.

Esas costumbres son las que nos interesan.

Salvo estos últimos dos eslabones, en todas las demás escalas éramos demasiado animales como para tener en cuenta posibles obesidades. Entiendo esta genealogía desde el momento en el que el ser humano comienza a comer por el mero placer de hacerlo, no por una necesidad básica para permanecer con vida.

Tanto con los neandertales como con el homo sapiens hay pruebas de que sabían lo que era un banquete y una celebración social alrededor de un buen fuego. Recordemos que un neandertal fue una versión tipo Mr. Hyde del homo sapiens, que al igual que apareció, desapareció. Era muy capaz de trabajar con las manos, elaborar complejas estrategias de caza y tener grupos sociales escalables en pequeñas comunidades.

Que tengan cara de brutos no implica que no se pudieran organizar y engordar como cochinos.

Por tanto nos vamos a centrar en una época que abarca unos 100.000 años, los últimos 100.000 años antes de que dejemos de ser cazadores recolectores y busquemos asientos permanentes para nuestros culos.

 El gen ahorrador

Gracias a una turbia relación con el hambre y la escasez algunos homínidos generaron un mecanismo que les protegía, de alguna manera, de las hambrunas. Esta evolución creó una mutación que nos permitía funcionar con menos cantidad de comida, haciendo nuestro cuerpo increíblemente más eficiente.

Hablé largo y tendido de este gen en el artículo Por qué engordamos, que publiqué hace unos meses. Allí explico la teoría del genetista Jean Neel, así que no me repetiré. Pasa a leerte el post cuando acabes con este, te va a gustar.

Seguimos. Esta evolución generó que, con el paso de varias generaciones, algunas neandertales y hembras sapiens comenzaran a exhibir más curvas de las habituales, cosa que a los varones de sus tribus les encantó.

El gen ahorrador estaba activo en algunos miembros, pero dado que las mujeres eran (y son, aun, según creo) las encargadas de parir, acumulaban con más facilidad el exceso de grasa en sus cuerpos. No solo para alimentar a sus fetos sino para producir una buena cantidad de leche después. No olvidemos que no se amamantaba tres meses como hoy en día. Los retoños podían estar mamando varios años de sus madres.

Hay que entender que tal cosa, dentro de una dinámica de periodos de escasez mezclados con otros de abundancia de carne de mamut (y solo mamut), era identificada como una bendición de los dioses, tótems, ancestros o estrellas fugaces del firmamento.

Estar gordo equivalía a estar forrado.

Tanto es así que idolatraba y se ensalzaba todos los orondos atributos. Hay poca constancia de pinturas rupestres con símbolos de obesidad, más allá de dibujos hechos por adolescentes. Pero si existen imágenes representativas de esta época y que hacen referencia de una manera directa a las lorzas, es sin duda las venus de piedra.

 Las venus de piedra y las mil y una noches

En este punto lanzo un misil a la línea de flotación el mundo paleo. Y que conste, por ser políticamente correcto, que todo el rollo de la paleo vida me atrae bastante, pero el mundo está lleno de incongruencias y de blogs que sacan esas incongruencias a relucir, como éste.

La vida paleo en la época paleolítica era lo que había. Nadie tenía sueños húmedos con el veganismo cuando habitábamos en cuevas, pero sin embargo sí que los teníamos con las curvas y los vientres y pechos prominentes de las féminas.

Es coherente pensar que, en una época donde las representaciones culturales se limitaban a pintar bisontes en paredes, hacer figuras de piedra simbolizando a mujeres muy entradas en carnes debía ser algo importante.

Tanto es así que no sólo se ha encontrado un vestigio de ello, sino un buen montón, siendo la más famosa de ellas la Venus de Willendorf. Pero hubo muchas otras: A saber:

Como se puede ver el denominador común es evidente. Y de ahí mi dardo a los paleo adictos. Esas venus, esas representaciones de hace 25.000 años, era una manera de hacer realidad un anhelo: almacenar grasa en el cuerpo. Con el poco despliegue artístico de la época no se iba a ensalzar los defectos físicos. Se ensalzaban los deseos y punto, tanto de fertilidad como de salud.

Por tanto, el estilo de vida paleo era lo que había porque no había nada más donde aferrarse. Convertirlo en un estilo de vida en nuestro tiempo con más características de religión de la new age que de dieta saludable obedece a un privilegio que en esta época nos podemos permitir.

Los que vivieron el paleolítico no tenían más opciones. Bayas, raíces, alguna que otra fruta y mamut, cuando había. Para de contar. Y mientras tanto a acumular poluciones nocturnas pensando en esos pechos de piedra que había hecho el artesano de la cueva de al lado.

 A semanas de camino de una dieta equilibrada

Hoy en día, cualquier interpretación que hagamos de lo que suponía una dieta paleolítica, obedece a un esquema trazado para 3 o 5 comidas diarias, con periodos de ayuno (si se tercia), ejercicios aeróbicos y anaeróbicos, con sus correspondientes tramos de descanso merecido.

Existe multitud de libros y textos en el mercado que te estructuran cómo ha de ser tu vida para que te puedas considerar una persona paleo, que debe ser algo así como ser hípster, emo, friki, rapero o de ciudadanos.

Las estructuras y el orden racional es algo muy nuevo, muy nuestro. Nada más lejos de lo que un hombre de hace 50.000 años podía elegir. No significa que no tuvieran rutinas, pero estaban basadas, como no puede ser de otra manera, en motivaciones muy diferentes.

Nosotros, hoy en día, buscamos nuestro sitio entre mil y una temáticas. Entonces se buscaba la supervivencia, comer al día siguiente y dotar a la descendencia de las herramientas necesarias para que repitiera el proceso.

Si una mañana, los varones se levantaban y se iban a buscar peces, mientras que las mujeres y los ancianos se quedaban en el campamento, o bien curtiendo pieles, o bien haciendo utensilios mientras se les enseñaban esas habilidades a los más jóvenes, se hacía por un único motivo: sobrevivir al día.

Dejar huella en la eternidad es departamento de grandes estadistas, youtubers y personajes de Gladiator, no de los humanos del paleolítico. Y esa consigna se ha mantenido durante siglos así, hasta hace bien poco.

Ese día de marras, no ha habido pesca. A la vuelta, un león dientes de sable se ha cruzado con los varones y ha herido de gravedad a uno de ellos. Tiene complicado sanar de las heridas, pero aun así, tres de ellos han ido a la tribu más cercana a pedir ayuda a su chamán. Al grupo les queda poca comida y el invierno está al caer (winter is coming…), por lo que los varones irán de viaje con lo puesto.

Las mujeres y los ancianos racionarán la comida intentando que no les falte a los niños ni a las madres lactantes, que han de alimentar a varios bebes. Para postre hace días que llueve y es difícil mantener el fuego encendido dentro de la cueva. La madera está húmeda.

Es este breve retazo que he hecho, pudiendo ser un día cualquiera en la vida de un grupo del paleolítico, no tiene cabida el concepto “dieta”, ni sus virtudes, ni su orden, más allá de evitar la extinción.

Toda la literatura relativa a las dietas destilada a partir de esta época se basa en una idealización de un mundo que jamás existió, con árboles frutales por todas partes, animales atontados que están esperando que les asesten una pedrada en la cabeza y abundancia de bosques, recursos naturales y terreno por doquier.

La realidad es que la inmensa mayoría de nosotros no aguantaría vivo más de una semana en aquella época, por muchos nutrientes que creamos que tenía aquella comida.

 Nacen los cazadores recolectores

Si el fuego es un invento que, con toda probabilidad, se debió a una casualidad, ¿los cazadores-recolectores nacieron o se hicieron? Tal vez hubiera un poco de casualidad y evolución, a su vez, en ello.

Hay que entender que ese concepto se debe englobar dentro de una estructura social determinada. Uno no almacena alimentos si no tiene donde guardarlos y cómo conservarlos. Y la historia ha demostrado que por muy listo que sea un individuo, el colectivo lo es más. Por tanto tiene sentido decir que este atributo pertenece a un grupo social, no a un individuo.

¿Y cuándo surge un movimiento así? Pues ni idea, de hecho, nadie lo sabe con certeza. La paleo-antropología intenta definir estas características en base a pueblos que aún viven de esa manera hoy en día, como los bosquimanos o los hadza. Este último les encanta a los paleo. No en vano fue el grupo que estudió Loren Cordain y que puso como ejemplo para su libro The Paleo Diet.

No obstante, considero que seguimos teniendo un error de base, ya que analizamos las costumbres con nuestras cámaras de alta definición; ponemos en las placas de Petri las cacas de estas tribus y analizamos su increíble microbiota; alabamos las proteínas de los erizos gigantes que cazan y las vitaminas del fruto del baobab; salivamos al pensar lo bien que duermen por las noches y el aire puro que respiran. Pero en toda esta admiración, realizada desde nuestra actual y moderna óptica, nos olvidamos siempre de la misma cosa: el contexto.

Hoy en día las pocas tribus de cazadores recolectores que quedan en el mundo reciben al hombre blanco como una atracción turística bidireccional. Ambos grupos se estudian. Tendría que hablar del Principio de Incertidumbre para explicar lo poco útil que son todas estas observaciones y su correlación con lo que ocurría hace decenas de miles de años, por lo que no lo haré. Hay jardines que no se deben pisar.

Me quedaré con el hecho, más o menos probado, de que almacenaban principalmente verduras, fruta, algo de carne y pescado desecados, granos y bayas, semillas y, cuando tocaba la lotería en los alrededores, miel. Con esa increíble variedad se tenían que apañar.

No se encontraban muchos Bistró con carne de bisonte por los alrededores

 Consideraciones finales de esta época

Hay que ser cautelosos con la deformidad que la distancia le da a los hechos. Nos pasa con nuestros recuerdos de la infancia. Qué no haremos con lo que ocurrió hace miles de años.

Juzgar cualquier época pasada como mejor solo por el hecho de añorarla en ocasiones, desdibuja su dramática realidad. Hoy en día, el ser humano está muy por encima de todo lo demás en cuanto a cadena alimenticia se trata. Estamos tan por encima que esa escala no se nos puede aplicar.

En el paleolítico éramos un eslabón más (y de los bajos) dentro de esa escala. El ser humano no se caracteriza por una mayor fuerza, ni por una gran rapidez. No tenemos garras, ni dientes afilados, ni una gran corpulencia. Nuestro fuerte es el grupo, siempre ha sido así, y esa evolución que, de forma casi mágica, nos convirtió en los seres más inteligentes del planeta Tierra.

No existían dietas, ni superalimentos, ni nada que se le asemejara a una cultura nutricional, salvo por el hecho que soñaban con estar gordos y lo representaban icónicamente en piedra. El paleolítico fue un época oscura, difícil y larga. Extraordinariamente larga.

Y a pesar de ello, ignoramos mucho más de lo que sabemos. Eso sí, la obesidad no existía porque ni se vivía lo suficiente ni se disponía de la cantidad (y calidad, lo hablaremos más adelante, en otro artículo de esta serie) de la que disponemos hoy en día.

Y con esto termina esta primera parte, dedicada al paleolítico.

En breve abordaré los primeros asentamientos neolíticos para pasar, en seguida a la época clásica de Grecia y Roma. Comienza los grandes banquetes y la obesidad como concepto llega a la humanidad para quedarse.

En siete días llegará el segundo capítulo. Mientras, puedes dejar comentarios, compartir esta entrada si crees que le puede gustar a alguien que conozcas, o decir que no te ha gustado nada. No sé, vivimos en un país libre.

Felices alimentos.