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Cómo descubrir todo el saber científico en unas lentejas con chorizo. Dietética moderna frente a los remedios de la abuela

Michael Foucault, filósofo y psicólogo francés, dijo en una ocasión que el cuerpo es pasivo cuando recibe tratamientos farmacológicos o quirúrgicos, mientras que el alma aprende de forma activa cuando se usa un tratamiento dietético.

Sin llegar a la altura de un filósofo como Foucault tenemos a nuestras abuelas. Siempre nos han dicho que comamos de caliente, que las lentejas tienen mucho hierro y cuando íbamos a su casa a comer esos domingos perdidos, después de que nos lo pidieran en múltiples ocasiones, nos agasajaban con todo tipo de manjares únicos.

Y es que como se come en casa de la abuela no se come en ninguna parte.

Pero aun así, en ocasiones criticamos sus excesos, su forma de cocinar y lo poco saludable de algunas preparaciones. ¿En serio tienes que ponerle todo eso al cocido, abuela? Pues si, dice ella, de lo contrario no sabe a nada. No reconocerás que la sopa sabe a manjar de ángeles porque tienes mucho orgullo, pero sabes que la abuela tiene razón.

Hoy voy a intentar hacer un experimento asociando dos ideas: las revisiones médicas actuales y los remedios culinarios tradicionales; las razones por las que antaño se comían los alimentos correctos sin saber por qué y la necesidad que tenemos de que la ciencia avale nuestra cesta de la compra.

Porque, seamos claros, ¿compras naranjas porque te gustan o porque tienen vitamina C? Puede que las dos cosas. Te recomiendo que hagas un ejercicio la próxima vez que te lleves un producto del súper: analiza las razones por lo que lo compras. Te garantizo que algunas son de lo más extrañas.

Hoy, en Mi Báscula Me Odia , vamos a intentar desentrañar si el sentido común tiene una base científica o no.

Ahí es nada.

 Lo acabamos de inventar todo

Uno tiene la sensación, en ocasiones odiosa, de que nada de lo que se daba por sentado en el pasado en materia de dietética es válido hoy en día.

El revisionismo constante de los valores nutritivos de un producto concreto hace que, por ejemplo, hoy la mantequilla sea una grasa muy saludable, pero dentro de unos años no se sabe. Y hace unos años era el mismísimo demonio.

 Usando el ejemplo de la mantequilla

Como la ocasión la pintan calva, hablaré de la mantequilla.

No hace falta que diga lo saludable que es. Prefiero hacer otras revisiones de alimentos como el ajo negro o los filetes de pavo al ajillo. Lo que me interesa en estos momentos es desde cuándo se consume este alimento.

Pues sus orígenes se datan en la antigua Mesopotamia hace más o menos 8000 años. Desde entonces el ser humano viene agitando leche de cabra para conseguir este nutritivo manjar amarillento y cremoso. Hasta que, ocho milenos después, viene un iluminado y dice que las grasa son lo peor y que comamos harina cocida.

La ciencia en esta ocasión actuó contra el sentido común, contra nuestras tradiciones y nuestra lógica, y aun así lo aceptamos de buen grado y demonizamos todas las grasas. ¿Por qué ocurre esto? ¿Por qué los seres humanos aceptamos ciertos dogmas aunque, en el fondo, sepamos que no son del todo adecuados?

Pues por la misma razón por la que seguimos a defensores de la patria o a megalómanos con ganas de conquistar el mundo: siempre es mejor que otro tome las decisiones y piense por nosotros.

¿Qué tú no? ¿Qué a ti no te pasa? Sí, claro.

Pocos placeres mejores existen. Un poco pan tostado con mantequilla. Antes la mantequilla era mala y el pan no. Ahora es al revés.

 El sentido común está en las cosas sencillas

En la cocina de nuestra abuela ocurre magia.

No sabemos cómo, pero la abuela controla una extraña alquimia culinaria que convierte simples ingredientes en increíbles galletas, bizcochos, pollos asados y limonadas refrescantes. Su cocina es una fuente inagotable de alimentos, como si desde el mismo patio de su casa alcanzara la huerta del rey Sol. Todo parece más fresco, más saludable, más jugoso y en su punto cuando es la abuela la que cocina.

Las razones de por qué esto es así son varias. Como muestra podemos decir que uno de los ingredientes principales es el tiempo que le dedican. Otro es el amor por su familia. Pero quizás, el más importante de todos sea la ausencia total de esnobismo.

Nuestras abuelas no saben lo que significa que algo tenga hype, cuántos seguidores en Instagram necesitas para que tu plato de comida sea mainstream o por qué la ciencia más actual te habla de que equilibres los macros. La abuela no entiende de superalimentos, entiende de lentejas con chorizo. Que es lo mismo que entendía su madre y su abuela. Cuando le hablas de quínoa piensa en una barca con remos, no en un pseudo cereal híper proteico.

Que la ciencia pretenda eliminar un saber ancestral heredado de generación en generación es, cuando menos, arrogante. Y me explico: la historia nos ha dado grandes científicos, pero también científicos mediocres. Y en los últimos tiempos, científicos al servicio de grandes corporaciones. Pasar los estudios científicos por la criba adecuada es una tarea imposible. Quién acierta y quién no. De quién fiarse. En esos momentos es cuando hay que utilizar el sexto sentido de nuestras abuelas: el sentido común.

 Por eso nació la epistemología

Una definición rápida: dentro de la teoría del conocimiento la epistemología se encarga de aunar circunstancias históricas, sociológicas, científicas y psicológicas para obtener el saber definitivo.

Por simplificar mucho: aunar tradición y ciencia, ya que ambas son depositarias de una parte de la verdad.

En el siguiente esquema se define este proceso:

Las abuelas son únicas poniendo la epistemología en práctica.

 Comer es un placer. Sensual, sexual…

Y esto a veces se nos olvida.

Vivimos en una época en la que ya no comemos, sino que nos nutrimos. Para alimentarnos introducimos en nuestro cuerpo proteínas, grasas e hidratos, junto con minerales y vitaminas, haciendo que nuestro hígado se llene de glucógeno para que alimente nuestro cerebro. Luego, la microbiota intestinal bla, bla, bla… Después el batido post entreno bla, bla, bla…

No pretendo banalizar las filias del personal, ¿pero sólo yo me doy cuenta de que nos sobra un poco de tontería? Comer es una pasada. Comer bien, con una cocina elaborada es un placer a la altura del sexo. Nuestros grandes festejos giran en torno a una buena mesa, y cuando pasamos por un matraz o por la placa de Petri de turno esa lasaña de la abuela o su ensaladilla rusa, pues es para que no nos la vuelva a hacer nunca más.

Cuando intentamos mesurar los placeres culinarios, etiquetarlos, analizarlos y generar remordimientos al excedernos con ellos, no estamos disfrutando del amor que la abuela nos brinda con su cocina, estamos siguiendo los preceptos difundidos por terceros. No te agobies por esto. Al fin y al cabo vas una vez cada seis meses a comer con tu abuela. No te va a matar.

Lo decía Hipócrates, o alguien de su equipo (que no todo lo dijo él): todo es veneno, nada es veneno. El veneno está en la dosis.

Lo cual me lleva al último punto del post de hoy.

Esa sensación que tienes cuando comes en casa de al abuela es única, ¿o no?

 Cocinar hará que estés en forma, que no engordes y que te de igual lo que diga la ciencia

¿Por qué la abuela siempre ha estado igual físicamente?

Sí, siempre ha tenido unos kilos de más, pero los mismos kilos toda la vida. Hace galletas toda la semana, o bizcochos, o cualquier otra delicia que se te ocurra. Y se las come con un café a media tarde en compañía de unas amigas, que, de paso, toman una copa de anís.

No sale a correr, ni hace pilates, y a pesar de ello carga a sus ochenta años con las bolsas de la compra, va andando a todas partes y tiene energía de sobra para hacerle la comida a sus 30 familiares.

Y en su despensa no verás alimentos exóticos, ni especias raras. Está lo de siempre. Y se come en casa, no en un restaurante.

Ya sé que esta imagen de las abuelas que estoy dando pertenece más a mediados del siglo pasado que a este. Pero hay que tener en cuenta que el mundo no solo es España y que en muchos países este estereotipo de abuela sigue en vigor y con fuerza. Que nosotros lo estemos perdiendo es como para hacérnoslo mirar.

Dicho esto, continúo. Hace un tiempo vi una charla Ted del famoso cocinero Jaime Oliver en la que intentaba transmitir un mensaje crucial: debemos enseñar a nuestros hijos a cocinar si no queremos matarlos antes de tiempo.

Recomiendo que veas el video completo. Son 20 minutos de una lección magistral sobre la comida de hoy en día y la educación de nuestros hijos. Pero si quieres ir al grano puedes ver el pasaje del que te hablo a partir del minuto 16:20.

Se pude decir más alto pero no más claro.

 Decide tus prioridades y diseñarás tu futuro

Es sencillo de entender.

Una vida basada en las prisas, el estrés, el jefe idiota al que no le podemos discutir, la hipoteca, la contaminación, el tráfico, la desconexión con la naturaleza, la falta de sueño y la mayor oferta de comida chatarra de la historia confluye con la época donde más revelaciones científicas y métodos de entrenamiento tenemos.

Y sin embargo las tasas de muertes cardiovasculares y demencias varias aumentan al mismo ritmo.

¿Qué hacemos mal? Lo podría simplificar al máximo diciendo que las abuelas tienen la respuesta, pero eso estaría incompleto. Repito lo de antes: el veneno está en la dosis. Y si aplicamos el sentido común seguro que no fallamos. La respuesta está en el equilibrio.

Sí que diría que se nos olvida en ocasiones que vamos a morir, y aunque no sea popular hablar de ello, no deja por eso de ser real. No nos tomemos tan enserio la vida que nadie sale vivo de ella.

La próxima vez que la abuela te invite a comer disfruta de cada cucharada de sopa, de cada bocado al asado, de cada sorbo de café y de cada bombón casero de chocolate, porque toda la sabiduría culinaria de nuestros antepasados está en esos bocados. Olvídate por un rato de la báscula, del gimnasio, de los puñeteros macros y del balance calórico y disfruta de la vida.

Lo mismo te recomiendo con la próxima revisión científica de turno. Vigila de dónde viene, quién la patrocina y si lo que dice atenta contra el sentido común. Que no nos de todo cáncer como hablan en este blog de forma tan irónica y acertada. Y si no al tiempo. ¿Cuánto tardará en salir un estudio que diga que el Crossfit es lo peor? Al tiempo…

Y aquí lo dejo. Larga vida a nuestras abuelas y feliz literatura científica con cautela.

No te olvides de comentar, compartir y disfrutar.

Resumen
Cómo descubrir todo el saber científico en unas lentejas con chorizo. Dietética moderna frente a los remedios de la abuela
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Cómo descubrir todo el saber científico en unas lentejas con chorizo. Dietética moderna frente a los remedios de la abuela
Descripción
Pero aun así, en ocasiones criticamos sus excesos, su forma de cocinar y lo poco saludable de algunas preparaciones. ¿En serio tienes que ponerle todo eso al cocido, abuela? Pues si, dice ella, de lo contrario no sabe a nada. No reconocerás que la sopa sabe a manjar de ángeles porque tienes mucho orgullo, pero sabes que la abuela tiene razón.
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Mi Báscula Me Odia